Liberar a la educación de la violencia.

Publicado ayer a las 11:35 pm

Los números del gobierno del estado hablan de tendencias a la baja. Las conferencias de prensa muestran mapas de colores y estadísticas artificiales

El magisterio michoacano está bajo asedio: es una descripción técnica y literal del estado que guarda la profesión docente en este estado.

En el lapso de tres meses, Michoacán acumuló una sucesión de hechos que, tomados en conjunto, configuran una emergencia educativa de primer orden: el tiroteo del 24 de marzo en la Preparatoria Antón Makarenko de Lázaro Cárdenas, donde un alumno de 15 años asesinó a las profesoras María del Rosario Sagrero Chávez y Tatiana Madrigal Bedolla; la emboscada del 28 de mayo sobre la carretera 200 en el tramo Colola-Maruata, donde el profesor Felipe de Jesús Martínez perdió la vida, junto con dos líderes comunales de Pómaro y la maestra Adelaida Zacaías Pascual resultó gravemente herida; y el atentado de junio contra un catedrático de la Preparatoria Lázaro Cárdenas de la UMSNH, dentro del propio campus universitario.

Tres episodios distintos en donde prevalece la omisión de proteger a los trabajadores de la educación.

La narrativa oficial insiste en que la estrategia de pacificación avanza. Los números del gobierno del estado hablan de tendencias a la baja. Las conferencias de prensa muestran mapas de colores y estadísticas artificiales, cuando la nota roja de los periódicos muestra con lujo de detalles hechos delictivos en los cuales están involucrados preponderantemente jóvenes y personas en situación de rezago educativo.

Michoacán no tiene un problema de percepción; tiene un problema de realidad.

La violencia contra el magisterio es la expresión más cruel de una captura territorial que el crimen organizado ha consolidado en municipios donde el Estado llega, cuando mucho, en forma de actas ministeriales y comunicados de pésame.

En las regiones indígenas y rurales, en la Meseta Purépecha, la Tierra Caliente y la Sierra-Costa el maestro representó históricamente la figura más persistente del Estado: llegaba, se quedaba, enseñaba y lideraba el desarrollo comunitario. Hoy esa figura es vulnerable y no cuenta con la seguridad suficiente que deberían brindarle las instituciones.

El atentado contra el catedrático de la Escuela Preparatoria “Gral. Lázaro Cárdenas” de Uruapan rompe un reducto simbólico que parecía inmune: la universidad pública.

Cuando una persona armada atenta contra un docente en su centro de trabajo con impunidad, el mensaje que envían al conjunto de la sociedad es inequívoco: no existe territorio neutral. Las instituciones académicas, históricamente respetadas como espacios de pensamiento libre, han sido incorporadas al mapa del terror.

La UMSNH condenó el hecho con dignidad institucional, mientras que las autoridades en materia de seguridad han guardado silencio.

El patrón se replica con variantes igualmente alarmantes en los centros urbanos. Uruapan —cuyo presidente municipal fue asesinado en noviembre de 2025— concentra una espiral de violencia en la cual los docentes de la región conviven con el acoso, las amenazas telefónicas y el cálculo permanente de si una amonestación a un alumno puede derivar en una represalia criminal.

Enseñar bajo esas condiciones es supervivencia.

Tres actores comparten la responsabilidad de esta crisis, y los tres merecen un análisis sin concesiones.

El primero es el gobierno estatal. La respuesta institucional ante el asesinato de un docente en Michoacán sigue el mismo guion desde hace años: condena pública, carpeta de investigación, operativo temporal, reunión interinstitucional con café y lista de asistencia.

El diseño de la política de seguridad en Michoacán parece obra de funcionarios que jamás han transitado una terracería nocturna en Aquila.

El segundo actor es la Secretaría de Educación del Estado. Sus prioridades son reveladoras.

Mientras el magisterio se movilizó desde el 1 de junio exigiendo garantías de vida y condiciones dignas de trabajo, las autoridades educativas han normalizado que un maestro de nuevo ingreso llegue solo, sin transporte y sin protocolo de seguridad a una comunidad nahua enclavada en una zona bajo disputa armada.

El tercer actor es la dirigencia gremial de la CNTE.

Las bases magisteriales sufren y protestan con razón legítima e histórica. Pero las cúpulas de la Coordinadora tienen una vocación documentada de instrumentalizar el dolor magisterial para negociar en privado prebendas laborales, plazas hereditarias y el control político de la USICAMM.

La huelga nacional iniciada el 1 de junio paralizó clases a más de un millón de estudiantes y colocó el plantón en el Zócalo capitalino con estrategia mundialista impecable. Las demandas son justas en su origen. El problema es que, en el histórico de la CNTE, las movilizaciones más masivas han terminado en acuerdos que beneficiaron a las cúpulas y dejaron intactas las condiciones de los maestros en las regiones más peligrosas.

La CNTE y el gobierno sostienen un juego político, pero quienes pierden son los maestros de nuevo ingreso que piden un raid para llegar a su escuela.

La continuación de esta política de brazos cruzados producirá consecuencias que ya se perciben y que se volverán irreversibles en el mediano plazo.

La primera consecuencia es el éxodo docente. Docentes jóvenes asignados a comunidades de la Tierra Caliente, la Meseta Purépecha o la Sierra-Costa optan por solicitar licencias o renunciar a sus plazas antes que arriesgar la vida por un salario de nuevo ingreso.

Las escuelas rurales se quedan sin personal calificado. Los niños y jóvenes de las comunidades con mayor rezago del estado pierden su derecho constitucional a la educación, porque el Estado es incapaz de garantizar que el maestro llegará vivo a dar la clase del lunes.

La segunda consecuencia es la consolidación del control cultural del crimen organizado.

En comunidades donde el maestro representaba la única figura de cohesión cívica, su ausencia o su vulnerabilidad pública envía a la juventud un mensaje perverso: el conocimiento y la formación no protegen; las armas sí.

Cuando un jefe de plaza opera con más autoridad visible que un director de primaria, el Estado ha perdido el territorio en el sentido más profundo del término. El impacto psicológico colectivo en las aulas es aún incalculable, pero corre por los cauces de los maestros con ansiedad crónica, alumnos que normalizan las balaceras o directivos que negocian horarios con grupos delictivos para evitar fuego cruzado y tardará generaciones en repararse.

En suma, no se puede enseñar bajo amenaza. No se puede aprender con miedo. Y no se puede gobernar un estado que ha normalizado que sus maestros mueran en sus carreteras.

Michoacán cuenta con instrumentos que, rediseñados con voluntad política real, pueden transformar la situación.

El Plan Michoacán existe como plataforma de coordinación entre la Guardia Nacional, el Ejército Mexicano, la Guardia Civil y la Fiscalía General del Estado. Las mesas de trabajo interinstitucionales tienen antecedentes operativos. La Comisión Estatal de Derechos Humanos tiene competencia para emitir medidas cautelares.

La UMSNH, a pesar del atentado reciente, mantiene una comunidad académica organizada y una rectora con capacidad de interlocución política. Hay condiciones para que la sociedad civil, los padres de familia y la propia base magisterial se articulen si el liderazgo institucional les da medidas concretas a las cuales incorporarse; lo que falta es la decisión política de usarlos.

Si el gobierno del estado continúa gestionando esta crisis mediante comunicados y mesas de trabajo simbólicas, el escenario en seis, doce o veinticuatro meses será el siguiente: regiones enteras de Michoacán con escuelas vacías por ausencia de personal; una generación de niños indígenas sin maestros titulados en sus comunidades; universidades públicas que operan bajo la lógica del silencio obligado ante la violencia y un magisterio que, agotado y desprotegido, elige la autoprotección sobre la vocación.

Ese escenario es la trayectoria actual, proyectada. La inacción también es una elección de política pública y sus consecuencias son igualmente imputables a quienes la toman.

Por lo anterior, se proponen tres ejes de intervención inmediata que el gobierno del estado puede activar en el marco jurídico vigente, sin requerir reformas legislativas previas, porque son obligaciones institucionales que han sido diferidas por conveniencia política.

El primer eje es la creación de corredores educativos seguros. El Plan Michoacán debe establecer rutas de vigilancia permanente en los tramos carreteros de mayor incidencia delictiva, con énfasis en la Sierra-Costa, Aquila, Coahuayana y las zonas colindantes con Guerrero y Colima.

Los corredores deben garantizar el tránsito seguro de docentes en los horarios de entrada y salida semanal, con puntos de control fijos y patrullajes dinámicos.

El segundo eje es un protocolo de reubicación inmediata por amenaza criminal.

La SEE debe desmantelar el calvario burocrático actual que obliga a un maestro amenazado de muerte a esperar meses para obtener un cambio de adscripción. La propuesta concreta es la creación de un Comité Técnico Interinstitucional de Emergencia —SEE, Fiscalía y Comisión de Derechos Humanos— con capacidad para dictar medidas cautelares y reubicaciones temporales en un plazo máximo de 72 horas, con goce íntegro de sueldo y sin afectación escalafonaria.

Un maestro que denuncia una extorsión no puede esperar seis meses mientras sigue dando clases en la misma escuela frente al mismo criminal.

El tercer eje es el blindaje tecnológico de los planteles.

Las escuelas de las regiones de mayor riesgo deben contar con infraestructura tecnológica conectada directamente al C5i: botones de enlace crítico en las direcciones de los planteles, videovigilancia perimetral en los accesos y capacitación obligatoria de personal docente y directivo en protocolos de crisis de violencia.

La tragedia de la preparatoria Antón Makarenko expuso que ningún plantel del estado contaba con un protocolo activo ante la presencia de un alumno armado. Esa omisión es una responsabilidad legal que el gobierno ha eludido desde el mismo día del tiroteo.

Defender a los maestros es defender la vida, la legalidad y la única posibilidad de paz duradera para Michoacán. El Estado que fracasa en esa responsabilidad básica fracasa en todo lo demás.

Michoacán puede elegir dos caminos.

El primero es continuar con la política de comunicados, mesas simbólicas y sanciones administrativas selectivas, mientras los maestros rurales calculan si vale la pena cruzar una carretera el lunes por la mañana.

El segundo es reconocer que la seguridad del magisterio es una condición previa, no una consecuencia, del desarrollo educativo, social y económico del estado.

Un pueblo que normaliza que sus profesores sean tiroteados en sus carreteras, amenazados en sus preparatorias o agredidos dentro de sus campus universitarios ha renunciado a su propio futuro.

El gobierno tiene ante sí la oportunidad histórica —y la obligación legal y moral— de demostrar que la autonomía del Estado frente al crimen organizado todavía existe. Que Felipe Martínez, María del Rosario Sagrero y Tatiana Madrigal no murieron en un estado sin memoria institucional.

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*Doctor en ciencias del desarrollo regional y director fundador de Mexicanos Primero capítulo Michoacán, A.C.

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